Ella tiene alma de relojera y piensa que puede desmontar el mecanismo. Él tiene alma, si es que tiene, de cazador de alondras. Lo que está construyendo con cientos de maderitas esmaltadas y pedacitos de lata son gigantescas y centelleantes trampas espejadas, promesas para nunca ser cumplidas –todo lo contrario. Por eso brillan tanto.
Por momentos ella trata de desarmar la trampa pero siempre faltan piezas. Él ha tenido la precaución de retirarlas a tiempo y metérselas en el bolsillo a la espera de un momento más propicio, y cuando ella tentativamente estira la mano para tomar una pieza o para jugar con los reflejos, él patea el mecanismo y lo desarma antes de que ella se entregue por demás al entusiasmo. A veces una mínima planchuela de metal le cae encima a ella y la lastima.
A él le encanta patear mecanismos, no lo oculta, ella lo sabe y de todas formas vuelve una y otra vez y se deja atrapar por los reflejos.
Hay veces en las que ella se aleja, indiferente, y él entonces a toda marcha construye castillos con los más brillantes naipes. Y ella, que tiene debilidad por los castillos hechos de brillantes naipes, no espera otra cosa y cree que de nuevo están jugando. Acepta entonces rectificar una torre ladeada, o bajar uno de sus propios puentes levadizos. Hasta que una vez más él opta por demostrarle que eso no es ni castillos ni juego, es tan sólo una más de sus trampas para alondras, síntesis de la miseria.


Castillo de Alondras
[Luisa Valenzuela]



Y no creo que sea casualidad haberme encontrado con este cuento justo hoy.
*M: no juego más.



Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Yo digo que tenemos que decir basta.
Anónimo ha dicho que…
Lo sabía, lo sabía =D