Mientras miro el techo de mi cuarto, caigo en la cuenta de que, al final, no me olvidé tanto de vos. Y cuando creí que ya no estabas, sos como el chicle en mi zapatilla, que no puedo sacar. Y mientras más refriego, más se pega.
Y mirá que pasó mucho tiempo...
Aunque en realidad no tanto. No el suficiente.
Pasó la caída al vacío. Jamás me imagine que la no presencia de alguien en mi vida se pudiera parecer tanto al infierno. Sentí quemarme una y otra vez. Pero por fin te convertiste en una pequeña cicatriz, o sólo un resto de tristeza en mis ojos.
Pasaron fracasos, y tantas ganas acumuladas de tu voz. Pasó la impotencia y el rencor. Las ganas de odiarte, de no haberte conocido nunca. Pasó mucha soledad, y alguna que otra desilusión en el amor. O casi amor. Si todavía me sigo preguntando qué será eso de amar, y sólo estoy segura de que debe parecerse mucho a la sensación de volar que tenían tus besos.
Los minutos siguieron corriendo, y la vida pasa. Se me pasa todos los días, lejos de vos. Y, aunque creí que ya no lo sentía, hoy miré mi zapatilla, y ahí estabas, pegado, como siempre (y ¿para siempre?).




Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Te entiendo tanto...